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Fabián C. Barrio: Lo que aprendí de los pobres de este mundo

¿Son pobres los que vemos en occidente? ¿o no tendrán algo que enseñarnos los que realmente no tienen nada para seguir adelante?

Disfruto en este momento del raro privilegio de una habitación limpia y soleada con vistas a un jardín secreto. La electricidad sólo se va tres o cuatro veces al día. Tras las verjas y los altos muros cubiertos de enredaderas en flor, jadea y gime Nairobi, la desmadejada y ruidosa capital de Kenya. Si salgo a dar un pequeño paseo, me encuentro la interminable sucesión de miserias de Africa: un tipo que ha montado una barbería con cuatro palos y parte de un espejo, un muchacho imberbe de enormes ojos que vende aguacates protegido bajo un tejaducho de chapa, dos jóvenes que comercian con zapatillas usadas, millardos de esclavos empaquetados dentro de matatus que recorren la ciudad a bandazos. Y más allá de los vertederos de basura humeantes castigados por el mordaz polvo en suspensión de la sabana inclemente, a pie de carretera encuentro un sinsentido de pobreza desgarrada: poblachos de barro y estiércol, niños desnudos bañándose con bueyes de agua en el lodo de un estanque infestado de mosquitos, hombres esequeléticos licuados en sudor arrastrando una bicicleta cargada de bidones de agua, mujeres embarazadas rodeadas de un enjambre de chiquillos sucios pidiendo pan o teta. Desde la ignorancia absurda de un occidente perdido, dicen que los negros son vagos. Vagos, dicen. Quisiera yo ver a cualquier rollizo occidental arrastrando una bicicleta oxidada cargada de sacos de carbón, bajo este sol tropical que calcina las ideas y hace que se derritan los pájaros en los tendidos eléctricos, que el alquitrán de la carretera se convierta en chocolate y humeen las charcas y los cauces de los ríos. Vagos, dicen. Pon tú a un occidental mimado, de cuerpo blanco frágil y adiposo como un bizcocho recién horneado, a cavar aquí una zanja a cuarenta grados, a transportar un bidón de treinta litros de agua desde el pozo a la casa, a vigilar un fuego con el que fabricar carbón, a picar leña seca en la tarde tórrida. Vagos, dicen. Si alguna vez ves a un negro tumbado al sol no es que sea un vago, es que se ha dado por vencido. No puede más. Y yo tampoco podría. Ni tú. Ni nadie.

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